lunes, 12 de agosto de 2013

Mario

Hola, Mario? Mire, le hablo de parte de la empresa tal, necesito mudar un placard. ¿Cuánto están cobrando? Mjú, bueno..., ¿qué día? No, sábado no puede ser, trabajo en una feria. Viernes a la tarde... ¿a qué hora? Bueno, lo llamo el jueves y combinamos.

Hola, Mario? Lo llamo por el tema de la mudanza del placard, se acuerda? ¡No escucho nada, Mario! Mario, Mario... ¿a qué hora mañana? ¡Cómo a las 12, ud me dijo de tarde-tarde! ¿Y no puede ser el sábado? No me dan los tiempos, Mario.

Sí, se cortó. Ajá. Y bueno, qué va a ser. Escuchemé, aparte del placard tengo que mudar un arcón, ¿entrará? Qué sé yo cómo explicarle... un arcón. De madera. Vengasé con martillo, clavitos, frazadas, todo.

Durante cuatro horas embolso sin descanso, es ridículo ponerse a clasificar nada. Ni siquiera hay lugar para los recuerdos, ya son casi las doce. Mario me dirige una mirada torva, olvidé decirle que son dos pisos por escalera. Igualmente, él solo parece capaz de cargarse el placard al hombro. El Otro es apenas alguien que se desliza atrás. Mientras ellos desarman la parte de abajo del placard en tiempo record (no me gustan nada los ruidos y golpeteos), yo paso la aspiradora al techo de la baulera.

Mario, tengo que llevar también esa cajonera y las bolsas que están sobre la mesa. ¿Le viene bien esta escalerita? Para ustedes, para usar en las mudanzas. ¿Sí? Qué bueno.

Espero y espero en la puerta de entrada al edificio, sólo falta el arcón. ¿Cómo pueden tardar tanto? Ah, qué gente tonta, la escalerita (dos escalones de madera maciza que pesan lo suyo) descansa sobre el arcón, Mario y el Otro avanzan cargando ambos entre resoplidos y jadeos. Finalmente arrancamos. El Otro maneja la camioneta, Mario carga el vidrio de la cajonera y yo voy del lado de la ventanilla. Algo digo, esas cosas que se dicen cuando uno viaja con desconocidos. Mario no parece escucharme. Tiene ojos oscuros y, en estos momentos, cara de niño grande. Sigo su mirada. En la vereda, una muchacha de piernas largas va y viene despacio. Piernas largas o short mínimo, según se mire.
"Ud se había separado, no?" Lo miro con sorpresa, se ve que me ha mudado antes. "Sí... ¿Estaba llorosa?" Pregunto desde la curiosidad, casi como si hablásemos de un tercero. "Me acuerdo por un detalle. Ud dijo: me voy a tomar una cervecita para ahogar las penas". Busco el apoyo del Otro. "¡Es un chusma, algo que pasó hace años!" Lo digo livianamente, lo pienso en serio. Y él, Mario... ¿qué estado civil tiene? Separado, con tres hijos. "Ella era una loca". ¿Por qué una loca? "Yo hacía todo mal".

El arcón -explico- no es cualquier arcón. En el año 36, mi abuela materna y sus seis hijos se embarcaron hacia la Argentina. Huían de la guerra civil española. En varios arcones como éste -con sus herrajes y su barreta de hierro- trajeron su ropa, sus libros y demás pertenencias. Yo lo amo, entonces, porque tiene historia. Mario y el Otro asienten.

Es gente parca. Tienen puesto el GPS, así y todo no parecen dar con el barrio. Observo atenta las calles desconocidas, por un instante de paranoia hasta sospecho un secuestro. El Otro murmura: "Qué altura de... será esto". Decido llamar al Hombre para averiguarlo. Mi celular no tiene crédito suficiente, Mario me alcanza uno que saca de la guantera. "Vida, ¿qué altura de... será?" "¡Ay, mi amor, ... al tanto!" Horror y más horror. He dado una dirección equivocada. Es decir, la altura está bien, pero no corresponde a la calle donde vivimos sino a la que la corta. Para distraerlos, elijo la anécdota menos apropiada: les cuento sobre la vez que pedí helado por teléfono y di el piso y departamento de donde vivía antes. El repartidor llamó al rato desde la heladería para decirme que la dirección era incorrecta, y yo le discutía que no. "¡Cómo no voy a saber dónde vivo!", fue por ese entonces el argumento irrefutable. "Contento, el de la heladería...", masculla el Otro. Nos hemos desviado lindo. Algo así como una excursión a los indios ranqueles, digamos. El resto del viaje transcurre en silencio.

¡Al fin en casa! ¡Al fin con todo en casa! Me sirvo un gran vaso de soda y alcanzo otros dos, al menos Mario está transpirado de pie a cabeza. "Por favor, reemplacen los clavos torcidos del terciado". "No pida la factura antes que llegue el mozo". Qué puedo hacer, nada. Nada, salvo refugiarme en la cocina, lejos de los martillazos. Con el Hombre iniciamos una discusión sobre dónde poner el viejo televisor. "Sobre la cajonera, al costado del placard". "¡Pero no vamos a poder abrir la ventana!" Imposible no ser oídos, Mario sugiere ubicarlo en la baulera del placard. Una idea elegante, pero poco práctica: vamos todos de un lado al otro sorteando bolsas de consorcio repletas de ropa, libros y fotos.

Terminada la mudanza y ya en el ascensor, un Mario agotado me mira de lleno. Habla despacio, con autoridad, separando las sílabas. "Señora, no se separe más".

8 comentarios:

  1. Jajajaja! Qué momento! El año pasado hice exactamente lo mismo con un fletero que estaba mudándome una mesa a un dpto. Le dije bien la numeración pero otra calle. El tipo no llegaba y yo esperando en la puerta del Edificio. Lo llamo al celu, malhumorada yo. El tipo me dice estoy en la puerta y yo meta discutirle que en la puerta estaba yo y no veía su camioneta. Señora, estoy en el 1600 de la calle Uriburu con la camioneta en doble fila, cómo no me ve???? No sé Señor, yo también estoy acá y NO lo veo!!! Bueno, al final el tipo me trataba de chiflada y yo a él de mentiroso.
    Hasta que en la discusión me escucha el portero y me dice, señora esta es la calle Azcuénaga no Uriburu.
    Y bueno, si no tienen sentido del humor no es nuestra culpa, no? Hombres.

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  2. :) :) Un groso, Mario.

    Yo no sé si confundiría la dirección, lo que es seguro es que nunca podría indicarle a alguien cómo llegar a algún lado (doy la vuelta manzana a mi casa y me desoriento).

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  3. "¿Tanto les cuesta pedir disculpas y reconocer que se equivocaron?", preguntó hoy mi hermano, enterado de lo suyo y lo mío. Yo estaba intentando limpiar la tapa de un contenedor plástico, sin conseguirlo del todo.

    -Ah, no importa, después le paso Cif...
    -El Cif es tóxico, sabías?
    -Bueno, viene siendo como el Odex, sólo que más finito.
    -¿Y quién te dijo que el Odex no era tóxico? ¿Ves? Así sos, después hablás de Monsanto, vos sos capaz de usar agrotóxicos con tal de no desmalezar a mano.
    -Lo que pasa es que con detergente no sale...
    -¡Cómo que no sale, mirá si no sale!

    Mi hermano frotó enérgicamente con la parte verde de la Mortimer, y rayó la tapa del contenedor. ¿Pidió disculpas por haberse equivocado? Claro que no, ni se enteró. Hombres

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  4. Betina, ud es de las mías. Vea, infinidad de veces me han preguntado direcciones y he dicho que no soy del barrio. No hay que perder glamour.

    Igual siempre hay un Mario, vio?

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    1. Yo perdí el glamour y la dignidad cuando un turista extranjero me preguntó por una calle- de mi barrio, claro- y para no hacer quedar mal a LA ARGENTINA TODA intenté responder.
      Mientras transpiraba pensando para qué lado estaba esa calle (¿derecha o izquierda?) y a cuántas cuadras, comencé a farfullar algunas palabras en el inglés de Roberto Quenedi, más otras en español, si-la-be-a-das en voz muy alta (para que me entendiera mejor, lógico), acompañando todo ello con una gesticulación absurda y exagerada.
      Un desastre, pero el señor sonrió y se fue contento.

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    2. Ah, acabo de darme cuenta que se puede responder bajo cada comentario. Plop!

      Me hizo acordar, durante el Mundial del ¿82? fingí ser turista. Había por ese entonces una propaganda oficial ENORME para que los tratásemos bien. Así que usé y abusé, la gente se desvivía por ayudarme. :-D

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  5. Hombres. Definitivamente Hombres. El CIF es lo mas grande que hay.

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  6. ¿Verdad que sí? El dedo acusador de algunos hombres es largo como una baguette.

    Mire ud, acabo de buscar baguette y significa "largo".

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