miércoles, 19 de abril de 2017

El perdón

Después de ver esta película (y llorar y llorar y llorar) se me ocurrió la peregrina idea de que podríamos rezar por Trump. Si pueden búsquenla subtitulada, el "español latino" da ganas de ahorcarse. Caritas buenas, vocecitas dulces... too much.


jueves, 6 de abril de 2017

Al fin reprimieron, jajaja

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Más allá de la "grieta", ¿puede alguien alegrarse con la violencia del hombre contra el hombre? Sí. Baby Etchecopar en su programa de Radio 10, El ángel del mediodía. "¡Gracias a Dios que reprimieron! (jajaja). Decime facho, decime gorila, decime hijo de puta, decime sorete..., pero yo estoy feliz".

¿Será ésta la tan mentada revolución de la alegría?

https://radiocut.fm/audiocut/baby-habla-del-paro-del-6-de-abril/

martes, 28 de marzo de 2017

El asco


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De qué otra forma denominar al disgusto que tuerce la boca. Hoy de mañana, en el programa de Marcelo Longobardi (Radio Mitre, AM 790), uno de sus colaboradores mandó: "La gente en la calle no quiere volver al pasado, la gente está pidiendo futuro". Con un tonito liviano, relativizando el horror de la época oscura. Así, como quien no quiere la cosa. Y nadie en la mesa pronunció palabra, nadie rebatió sus dichos.

Se los califica como formadores de opinión. Pueden ser también justificadores de lo injustificable. Operadores políticos, hijos de puta. Podríamos parafrasearlos: la gente no quiere volver a ese pasado, por eso marcha. 

jueves, 23 de marzo de 2017

Marcos e Inti

Marcos es español. Su perro, Inti, ecuatoriano. Donde va uno va el otro. Ese primer día, Marcos se sentó al lado de mi paño de feriante. Y ahí se quedó, sin decir nada, mirando al frente. Después se fue con su perro no sé dónde y volvió al rato. Uh -pensé- espero que no me dé la lata. No entendía bien qué hacía ese hombre joven, de anteojos, que tanto parecía llegar como estarse yendo. Marcos rompió el hielo preguntándome por el libro que leía. Yo a mi vez le pregunté que hacía. "Nada", respondió. "Pero... ¿trabajás, estudiás?" No. ¿Y cómo vivís? La gente me da. Ah, pedís. No, yo no pido, la gente me da.

Muchos días después, me animo a preguntarle.

-¿Cuáles son tus dolores?
-¿Qué dolores?
-Tus dolores, vayamos a lo profundo.
-Mis hijos. Que estén creciendo sin padre. Yo soy responsable de la repercusión que pueda tener en sus vidas la ausencia de un padre.

Marcos piensa un segundo dolor.

-No haber podido corresponder con amor a mi última pareja. Sí por momentos, pero no sostenerlo en el tiempo.
-¿Qué fue lo más significativo que aprendiste en la calle?
-Que dando amor recibes amor, antes no lo sabía.

Cuenta Marcos que para encontrarse y ser feliz tuvo que vivir en el presente, que es donde existe la vida. Para lograrlo se despojó del pasado y dejó de preocuparse por el futuro. "Tuve que olvidarme de mis hijos, olvidarme de todo, vivir sin la presión de las responsabilidades. Era surrealista, me encontraba enseñando a padres el amor por sus hijos y yo estaba separado de los míos. Yo abandoné a mis hijos y soy consciente de eso".

-¿Te sentís incoherente?
-Uno no puede dar lo que no tiene. No puedo mantener la energía del amor incondicional todo el tiempo.
-¿Por qué?
-Porque no tengo una vida muy ordenada. Es fácil ser un monje en la montaña, es difícil serlo en la ciudad.

Observo el surco que le cruza la nariz, una cicatriz antigua, alguien alguna vez lo despertó de un botellazo. Su perro tiene ojos color miel y un aire entre digno y melancólico. Es la primera vez que Marcos se responsabiliza de un ser vivo hasta las últimas consecuencias. Marcos explica que tiene picos de energía. "En esos momentos las palabras que salen de tu boca son la Verdad Absoluta, la gente se queda con la boca abierta y te pone etiquetas: eres psicólogo, eres filósofo, eres Jesucristo. Como escribí una vez: Tan cerca que no puedes verlo, tan sencillo que no puedes creerlo, tan inmenso que no puedes imaginarlo".

Le cuento que hablé de él con una amiga que atiende un kiosco de diarios y revistas, que mi amiga reconoce tener pocas pulgas con los que no trabajan. Hace poco se le acercó una mujer con un celular en la oreja: "¿No me da diez pesos para la leche de los chicos?" Y ella la sacó carpiendo. "Escuchame, yo estoy desde las cinco de la mañana acá, baldeando la vereda y ésta se aparece a las once, con los pelos parados, a manguearme. Rodeada de pibes, encima, ni siquiera sabe cuidarse, lo único que hace es coger. Distinto hubiera sido que me diga 'Señora, ¿tiene algo que yo pueda hacer? Preciso comprarle la leche a mis hijos'. Eso es dignidad."

Marcos opina que es más práctico y más amoroso compadecerse. Convertir la rabia en compasión, que nace del amor. Esa es la Alquimia Verdadera. Porque si mi amiga del kiosco hubiera tenido los padres de la "otra", el entorno de la otra, la educación de la otra, las experiencias de la otra... sería la otra.

-¿Que dirías a los que te tratan de parásito?
-¿Parásito? Es su opinión y la respeto. Pero yo no paré de trabajar en todo este tiempo, creando conciencia en la gente.

Y enumera refugios, comedores sociales y asilos de ancianos.

-¿Qué países conocés?
-Alemania, Suiza, Francia, España de norte a sur, las islas Baleares, las islas Canarias, Argentina, Bolivia, Perú, Ecuador...
-¿Y cuánto hace que estás viajando?
-Seis años.
-Una carrera.

Marcos ríe. Una carrera, confirma.

martes, 14 de febrero de 2017

La muerte anónima

"¿Qué pasa, agente?". Una unidad de traslados de la policía acaba de subir a la vereda, en plaza Dorrego. Es sábado, son apenas las 8 y monedas y voy camino al bar de siempre. "No puede pasar, señora, hay un muerto". Pongo cara de auch, creo que incluso digo auch. Subo las escaleras y me detengo unos momentos. El cuerpo ya está cubierto con un plástico gris, de la camioneta bajan una gran bolsa negra. "¡Trajeron una bolsa!", celebra el hijo de una feriante, un changuito hermoso que suele caminar ligero con un cartón entre las manos simulando manejar un colectivo. Pongo mi índice sobre los labios. Ssshhh, le hago. Otra artesana se acerca, contrita. "Es así la vida", comenta resignada. Es muy mayor, una persona triste. Huyo, no sin antes cruzarme con uno de los pibes encargados de la limpieza de la plaza. Viene hacia mí, rastrillo en mano. "El policía me dijo que no podía pasar, que hay un muerto", le comento. "A mí me dijo lo mismo. Y cómo no lo sacan, le dije yo, cómo va a sentarse la gente a tomar algo con el muerto ahí", contesta el pibe. "A ver -me escandalizo- primero está el muerto, la gente que se la banque". El pibe ríe, tal vez llevó su deseo de limpieza demasiado lejos.

Ya en el bar coincido con otro compañero. Le cuento lo del muerto, un hombre de la calle. "Dicen que fue por una sobredosis, pero no sé... De frío no puede haber sido, con los calores que hacen. Tal vez fue una combinación de mala alimentación y droga".

-Peor fue lo de un amigo que venía a verme. Un tipo ermitaño, de estos que mucho no se dan con la gente. Murió en la casa, demoraron diez días en enterarse.
-Uy, qué horrible.
-Lo fue a ver otro amigo, a llevarle unas pizzas y qué sé yo. Lo paró el encargado del edificio y le mostró la puerta toda rota.
-Qué soledad, pobre.
-Tenía un rollo con la madre, quería encontrar una mujer como la madre y eso es imposible.
-¿Y qué edad tenía?
-Sesenta y seis.
-¡Ah, joven! ¿Y de qué murió?

Mi compañero encoge los hombros, no se sabe.

¿Vos estabas cuando vino la morguera? Sí. ¿Y?, me pregunta una señora con el morbo en los ojos. Nada, no vi nada. Con el correr de las horas los rumores corren. Murió a las cinco de la mañana, tenía cuarenta y cinco años, es el español con el perrito, no, si lo vimos pasar hace un rato, es uno lungo, el amigo de Fulano. Un mutante menos, dice un mal parido. ¡Un-mutante-menos, un-mutante-menos!, canturrea golpeando sobre el muro el pibe que trae caballetes y tablas. Es un provocador profesional, no tiene caso irritarse.

En el lugar arma ahora una feriante. Detrás suyo aún se ven las cintas de la policía, esas que ponen para resguardar la escena. De la reja al farol, del farol al árbol.

lunes, 23 de enero de 2017

Feliz domingo

Camino cargada hacia la vía del tren, cuando me acerco veo a un muchacho sentado en un viejo sofá cercano a la garita, traído para comodidad de los guardabarreras. Pero no los hay a la vista y el muchacho aprovecha para manosearse inequívocamente, mientras se masturba busca mi mirada. Sigo mi camino imperturbable, como si no me violentase o yo estuviese más allá del bien y del mal. Por Rivadavia alguien dice "No tomés si te ponés agresivo". "Eh, gato...", contesta el aludido y algo más que no se le entiende. "Si no sabés tomar, quedate en tu casa", insiste el otro. En la parada del colectivo, un tipo de torso desnudo se me acerca haciendo eses. Mi humor no es el mejor así que evito mirarlo, sí entiendo que me está pidiendo dinero. Meneo la cabeza, negando. El borracho se sienta en un banco de cemento, a dos pasos míos, levanta un pedazo grande de losa rota y lo estrella contra el piso. Se queda mirando los fragmentos mientras murmura no sé que cosa. Alguien que pasa le ofrece su botella a medio vaciar, pero no (se excusa), no puede darle plata. Una chica se le acerca, le dice algo y levanta una colilla del suelo. No puedo quedarme ahí, debo buscar la siguiente parada. No sé dónde queda, no quiero llegar tarde, opto por esperar algo más alejada, cuando veo que el colectivo se acerca vuelvo sobre mis pasos. El colectivero parece entender, un hombre curtido que debe haberlo visto todo.

Por la subida desde el Bajo hay un reguero de sangre, seca primero, de gotas brillantes después. Estoy acostumbrada a verlos, son el resultado de peleas a botellazos. Una mujer me cruza en sentido contrario, va corriendo en calzas, ajena a la sangre bajo sus pies veloces. Dos pibes aprovechan la bajada de Belgrano para deslizarse y hacer piruetas con sus skates, el sonido es atronador. Miro la hora, son apenas las 7:30. Alguien nos quitó los domingos. Esos de mi infancia, cuando domingo era sinónimo de calzarse los mejores zapatos y ver una película largamente esperada. "Put on your sunday clothes, that's lots of world out there...", cantaban en Hello Dolly. Ponte tu ropa de domingo, hay mucho mundo ahí afuera. "...no, we won't come home until we fall in love". No, no volveremos a casa hasta habernos enamorado. Tal vez se siga tratando de eso. Sólo que podrían buscarse modos menos sórdidos.



jueves, 12 de enero de 2017

Hermano mapuche

Clarín no informa nada, claro. Ni ayer ni hoy. Sí hay lugar, en la primera plana, para una nota sobre los boliches en la costa. "¿Adónde va, con este calor?" me gritó ayer un vecino que esperaba el corte del semáforo. "A una manifestación por los mapuches", respondí al acercarme. "¿Y por qué no se queda tranquilita en su casa?" "No, no, es una causa que hay que apoyar..." El vecino palmeó mi brazo, como quien dice "Vaya , vaya..." Caminé hacia la parada del colectivo pensando que lo suyo puede ser un resabio inconsciente de la dictadura, con su mejor intención buscaba protegerme. "¿Sabe usted dónde está su hijo ahora?", amenazaban en un aviso de las épocas oscuras. Tranquilita en su casa significa no te metas en problemas, no participes, no resistas, no protestes.

Comunidad mapuche ocupa tierras de Benetton, titulan un video en youtube. Qué hijos de puta.

http://www.resumenlatinoamericano.org/2017/01/11/nacion-mapuche-nuevamente-reprimieron-en-chubut-hay-heridos-de-bala/

La Casa de Chubut, en la calle Sarmiento 1172, está vallada. Detrás de las vallas, un policía habla por handy. Lo imagino diciendo "Por ahora todo tranquilo, cambio y fuera", o lo que sea que diga un policía. Cruzando la calle somos unos pocos, casi parecemos estar esperando algún colectivo. De a poco va llegando más y más gente, todos en silencio. Produce alegría la llegada de la primer bandera roja. Y otra, y otra más. Estudiantes universitarios, una infaltable bandera del Che, un hombre con la remera de Madres de Ituzaingó, línea fundadora. Aplausos cerrados reciben a una Madre de Plaza de Mayo, que traspone el vallado. "¡¡¡Libertad, libertad, al mapuche por luchar!!!", gritamos y aplaudimos sin desmayo, hasta enrojecer nuestras palmas. "¡No estamos todos, faltan los presos!", es otro de los cantos. "¡Gobierno, tirano, el mapuche es mi hermano!", grita uno más allá, con todos sus pulmones. La consigna prende rápidamente, después aullamos como nos enseñaron hacían los pieles rojas. No es de muy buen gusto, pero alcanza para que la policía busque refugio dentro del edificio. "Helado, helado...", busca hacer su agosto un vendedor. Nadie se anima, pese a que todos los rostros transpiran copiosamente. Sólo una señora, algo alejada, saborea uno de fruta. Un cartonero se abre paso con su carro, a su lado camina una mujer esmirriada que nos observa con curiosidad. Un grupo de música autóctona comienza una canción, con sikus y bombos. El tema se estira hasta el infinito, circular, hasta que todos sabemos la letra, hasta que todos levantamos nuestros puños en el aire cuando dice "...se hace vida con el sol...". Una turista, o al menos lo parece, sigue el ritmo con el timbre de su bicicleta. Algunos desaforados golpean las vallas al grito de muerte al Estado. Un fotógrafo extranjero sonríe divertido ante esta mescolanza de música, gente danzando, estruendos metálicos e insultos de calibres varios.

miércoles, 11 de enero de 2017

La libertad

La perra camina con nosotros. Una perra-vaca, gorda, de pelaje blanco con grandes manchas marrones. Recién cuando se restriega bajo unas plantas percibo que tiene decenas de moscas sobre el lomo y los flancos. Parecen atormentarla ferozmente, en la playa hace un hueco en la arena y refriega el hocico dentro. Otras veces masca el aire o se revuelca en el agua. Las moscas resultan ser pequeños tábanos que también buscan nuestra sangre. "Bueno, ya", digo a la perra que hasta ese momento avanzaba pegada a mí. Algo en mi tono le advierte que no es más bienvenida, así como llegó desaparece sin que me dé cuenta, ¿dónde está, por dónde se fue?

Al día siguiente no es sólo ella quien nos sigue, sino dos perros más. Uno de ellos parece cruza con galgo, tan flaco que se le transparentan las patas. No puedo menos que compadecerme, hasta que llegamos a una zona de pastos. Allí se transforma en un chita, persiguiendo a los teros. ¡¡¡Tero, tero!!!, gritan bajando en picada sobre su lomo. Un búho coopera contra los intrusos, sumando su propio ulular. El perro flaco salta en el aire, gira, vuelve a emprender la carrera. La perra-vaca también corre, pero a su ritmo. Perros y teros participan de una danza circular que no deja de asombrar. En pleno vuelo, el búho gira su cabeza blanca para mirarnos.

Ya en la playa, la perra-vaca encuentra una cabeza de pescado que mastica a conciencia. A la vuelta, el perro flaco bebe de un charco de lluvia y dobla sus patas en el agua. Se incorpora refrescado. La luz del sol atraviesa sus patas.

La temperatura baja unos grados, ya no se ven moscas sobre los perros.