martes, 14 de febrero de 2017

La muerte anónima

"¿Qué pasa, agente?". Una unidad de traslados de la policía acaba de subir a la vereda, en plaza Dorrego. Es sábado, son apenas las 8 y monedas y voy camino al bar de siempre. "No puede pasar, señora, hay un muerto". Pongo cara de auch, creo que incluso digo auch. Subo las escaleras y me detengo unos momentos. El cuerpo ya está cubierto con un plástico gris, de la camioneta bajan una gran bolsa negra. "¡Trajeron una bolsa!", celebra el hijo de una feriante, un changuito hermoso que suele caminar ligero con un cartón entre las manos simulando manejar un colectivo. Pongo mi índice sobre los labios. Ssshhh, le hago. Otra artesana se acerca, contrita. "Es así la vida", comenta resignada. Es muy mayor, una persona triste. Huyo, no sin antes cruzarme con uno de los pibes encargados de la limpieza de la plaza. Viene hacia mí, rastrillo en mano. "El policía me dijo que no podía pasar, que hay un muerto", le comento. "A mí me dijo lo mismo. Y cómo no lo sacan, le dije yo, cómo va a sentarse la gente a tomar algo con el muerto ahí", contesta el pibe. "A ver -me escandalizo- primero está el muerto, la gente que se la banque". El pibe ríe, tal vez llevó su deseo de limpieza demasiado lejos.

Ya en el bar coincido con otro compañero. Le cuento lo del muerto, un hombre de la calle. "Dicen que fue por una sobredosis, pero no sé... De frío no puede haber sido, con los calores que hacen. Tal vez fue una combinación de mala alimentación y droga".

-Peor fue lo de un amigo que venía a verme. Un tipo ermitaño, de estos que mucho no se dan con la gente. Murió en la casa, demoraron diez días en enterarse.
-Uy, qué horrible.
-Lo fue a ver otro amigo, a llevarle unas pizzas y qué sé yo. Lo paró el encargado del edificio y le mostró la puerta toda rota.
-Qué soledad, pobre.
-Tenía un rollo con la madre, quería encontrar una mujer como la madre y eso es imposible.
-¿Y qué edad tenía?
-Sesenta y seis.
-¡Ah, joven! ¿Y de qué murió?

Mi compañero encoge los hombros, no se sabe.

¿Vos estabas cuando vino la morguera? Sí. ¿Y?, me pregunta una señora con el morbo en los ojos. Nada, no vi nada. Con el correr de las horas los rumores corren. Murió a las cinco de la mañana, tenía cuarenta y cinco años, es el español con el perrito, no, si lo vimos pasar hace un rato, es uno lungo, el amigo de Fulano. Un mutante menos, dice un mal parido. ¡Un-mutante-menos, un-mutante-menos!, canturrea golpeando sobre el muro el pibe que trae caballetes y tablas. Es un provocador profesional, no tiene caso irritarse.

En el lugar arma ahora una feriante. Detrás suyo aún se ven las tiras de la policía, esas que ponen para resguardar la escena. De la reja al farol, del farol al árbol.

lunes, 23 de enero de 2017

Feliz domingo

Camino cargada hacia la vía del tren, cuando me acerco veo a un muchacho sentado en un viejo sofá cercano a la garita, traído para comodidad de los guardabarreras. Pero no los hay a la vista y el muchacho aprovecha para manosearse inequívocamente, mientras se masturba busca mi mirada. Sigo mi camino imperturbable, como si no me violentase o yo estuviese más allá del bien y del mal. Por Rivadavia alguien dice "No tomés si te ponés agresivo". "Eh, gato...", contesta el aludido y algo más que no se le entiende. "Si no sabés tomar, quedate en tu casa", insiste el otro. En la parada del colectivo, un tipo de torso desnudo se me acerca haciendo eses. Mi humor no es el mejor así que evito mirarlo, sí entiendo que me está pidiendo dinero. Meneo la cabeza, negando. El borracho se sienta en un banco de cemento, a dos pasos míos, levanta un pedazo grande de losa rota y lo estrella contra el piso. Se queda mirando los fragmentos mientras murmura no sé que cosa. Alguien que pasa le ofrece su botella a medio vaciar, pero no (se excusa), no puede darle plata. Una chica se le acerca, le dice algo y levanta una colilla del suelo. No puedo quedarme ahí, debo buscar la siguiente parada. No sé dónde queda, no quiero llegar tarde, opto por esperar algo más alejada, cuando veo que el colectivo se acerca vuelvo sobre mis pasos. El colectivero parece entender, un hombre curtido que debe haberlo visto todo.

Por la subida desde el Bajo hay un reguero de sangre, seca primero, de gotas brillantes después. Estoy acostumbrada a verlos, son el resultado de peleas a botellazos. Una mujer me cruza en sentido contrario, va corriendo en calzas, ajena a la sangre bajo sus pies veloces. Dos pibes aprovechan la bajada de Belgrano para deslizarse y hacer piruetas con sus skates, el sonido es atronador. Miro la hora, son apenas las 7:30. Alguien nos quitó los domingos. Esos de mi infancia, cuando domingo era sinónimo de calzarse los mejores zapatos y ver una película largamente esperada. "Put on your sunday clothes, that's lots of world out there...", cantaban en Hello Dolly. Ponte tu ropa de domingo, hay mucho mundo ahí afuera. "...no, we won't come home until we fall in love". No, no volveremos a casa hasta habernos enamorado. Tal vez se siga tratando de eso. Sólo que podrían buscarse modos menos sórdidos.



jueves, 12 de enero de 2017

Hermano mapuche

Clarín no informa nada, claro. Ni ayer ni hoy. Sí hay lugar, en la primera plana, para una nota sobre los boliches en la costa. "¿Adónde va, con este calor?" me gritó ayer un vecino que esperaba el corte del semáforo. "A una manifestación por los mapuches", respondí al acercarme. "¿Y por qué no se queda tranquilita en su casa?" "No, no, es una causa que hay que apoyar..." El vecino palmeó mi brazo, como quien dice "Vaya , vaya..." Caminé hacia la parada del colectivo pensando que lo suyo puede ser un resabio inconsciente de la dictadura, con su mejor intención buscaba protegerme. "¿Sabe usted dónde está su hijo ahora?", amenazaban en un aviso de las épocas oscuras. Tranquilita en su casa significa no te metas en problemas, no participes, no resistas, no protestes.

Comunidad mapuche ocupa tierras de Benetton, titulan un video en youtube. Qué hijos de puta.

http://www.resumenlatinoamericano.org/2017/01/11/nacion-mapuche-nuevamente-reprimieron-en-chubut-hay-heridos-de-bala/

La Casa de Chubut, en la calle Sarmiento 1172, está vallada. Detrás de las vallas, un policía habla por handy. Lo imagino diciendo "Por ahora todo tranquilo, cambio y fuera", o lo que sea que diga un policía. Cruzando la calle somos unos pocos, casi parecemos estar esperando algún colectivo. De a poco va llegando más y más gente, todos en silencio. Produce alegría la llegada de la primer bandera roja. Y otra, y otra más. Estudiantes universitarios, una infaltable bandera del Che, un hombre con la remera de Madres de Ituzaingó, línea fundadora. Aplausos cerrados reciben a una Madre de Plaza de Mayo, que traspone el vallado. "¡¡¡Libertad, libertad, al mapuche por luchar!!!", gritamos y aplaudimos sin desmayo, hasta enrojecer nuestras palmas. "¡No estamos todos, faltan los presos!", es otro de los cantos. "¡Gobierno, tirano, el mapuche es mi hermano!", grita uno más allá, con todos sus pulmones. La consigna prende rápidamente, después aullamos como nos enseñaron hacían los pieles rojas. No es de muy buen gusto, pero alcanza para que la policía busque refugio dentro del edificio. "Helado, helado...", busca hacer su agosto un vendedor. Nadie se anima, pese a que todos los rostros transpiran copiosamente. Sólo una señora, algo alejada, saborea uno de fruta. Un cartonero se abre paso con su carro, a su lado camina una mujer esmirriada que nos observa con curiosidad. Un grupo de música autóctona comienza una canción, con sikus y bombos. El tema se estira hasta el infinito, circular, hasta que todos sabemos la letra, hasta que todos levantamos nuestros puños en el aire cuando dice "...se hace vida con el sol...". Una turista, o al menos lo parece, sigue el ritmo con el timbre de su bicicleta. Algunos desaforados golpean las vallas al grito de muerte al Estado. Un fotógrafo extranjero sonríe divertido ante esta mescolanza de música, gente danzando, estruendos metálicos e insultos de calibres varios.

miércoles, 11 de enero de 2017

La libertad

La perra camina con nosotros. Una perra-vaca, gorda, de pelaje blanco con grandes manchas marrones. Recién cuando se restriega bajo unas plantas percibo que tiene decenas de moscas sobre el lomo y los flancos. Parecen atormentarla ferozmente, en la playa hace un hueco en la arena y refriega el hocico dentro. Otras veces masca el aire o se revuelca en el agua. Las moscas resultan ser pequeños tábanos que también buscan nuestra sangre. "Bueno, ya", digo a la perra que hasta ese momento avanzaba pegada a mí. Algo en mi tono le advierte que no es más bienvenida, así como llegó desaparece sin que me dé cuenta, ¿dónde está, por dónde se fue?

Al día siguiente no es sólo ella quien nos sigue, sino dos perros más. Uno de ellos parece cruza con galgo, tan flaco que se le transparentan las patas. No puedo menos que compadecerme, hasta que llegamos a una zona de pastos. Allí se transforma en un chita, persiguiendo a los teros. ¡¡¡Tero, tero!!!, gritan bajando en picada sobre su lomo. Un búho coopera contra los intrusos, sumando su propio ulular. El perro flaco salta en el aire, gira, vuelve a emprender la carrera. La perra-vaca también corre, pero a su ritmo. Perros y teros participan de una danza circular que no deja de asombrar. En pleno vuelo, el búho gira su cabeza blanca para mirarnos.

Ya en la playa, la perra-vaca encuentra una cabeza de pescado que mastica a conciencia. A la vuelta, el perro flaco bebe de un charco de lluvia y dobla sus patas en el agua. Se incorpora refrescado. La luz del sol atraviesa sus patas.

La temperatura baja unos grados, ya no se ven moscas sobre los perros.

lunes, 19 de diciembre de 2016

Amiga pájaro


Resultado de imagen de woman honeybird

Tengo una amiga pájaro. Sospecho que llegó a mi vida para enseñarme liviandad. Trabaja en una escuela cercana y vino un par de jueves durante el recreo largo, a tomar unos mates. Subió las escaleras pendiente de su celular, invitaciones aquí, invitaciones allá. El tercer jueves -yo almorzaba tardíamente con otra amiga en un restaurant de comida al paso- me mandó un mensajito a ver si estaba en casa. Como buena taurina, pasé a esperar su visita cada jueves. Como buena taurina o como el zorro amigo del principito.

Pero mi amiga falla en las artes del amaestramiento. Está, no está, aparece por la feria en fugaces visitas, a veces sólo me acompaña hasta la parada del colectivo, otras saluda apenas y se va tras la murga con su perra. Algunos días, muy temprano de mañana, escucho su risa a mis espaldas. Conversamos largamente y de repente, como un collar que pierde sus cuentas, se escurre calle abajo. Puede ser que vaya a una clase de expresión corporal o de teatro, puede ser que venga de yoga. Le gustan todos los hombres (confiesa), pero también la aburren. Su fe es inmensa, su búsqueda espiritual constante, su pena profunda. Tuve que aprender a disfrutarla en los escasos momentos que parece dedicarme. Como a un colibrí, pensaba el otro día. Si pienso que el colibrí va a desaparecer, me pierdo la maravilla de su visita.

lunes, 5 de diciembre de 2016

La emoción

La escena final de Before sunset tiene esa emotividad que eriza la piel gracias al acertado homenaje a Nina Simone.
  
  
 

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Reunión de consorcio

Estaría bueno hacer una reunión el 24, en la terraza, sacar un par de mesas y que cada uno traiga algo para picar o tomar. Y poner esas tiras de luces de colores, grafico ilusionada. Sí, podría ser, ¿vos estás acá para esa fecha? Suba de expensas. ¿Otra vez? ¡Pero cómo! Y sí, hay que pagarle las cargas sociales a Graciela. Ruidos molestos, veamos. Respetar el horario de 13 a 16 y después de las 20 hs. No, las 20 es muy temprano, mejor después de las 22. Ok, las 22. Y los fines de semana, qué? Porque un cumpleaños, a ver, uno tiene derecho a un poco de esparcimiento en su propia casa. Primero habría que definir qué es ruido molesto, dice Evelyn, que recién llega. Es justamente lo que estábamos hablando, dice el dueño del 14. Sí, aclaremos, dice Ernesto, porque no quiero tener problemas, yo toco el bajo y la guitarra y no quisiera que me pongan en la misma bolsa con el del departamento 3 que se viene con la banda. No, acá ensayos no, dice Evelyn, son domicilios particulares. Yo no voy a dejar de tocar la guitarra, se encrespa Ernesto, yo trabajo con mi instrumento. ¿Y quién te dijo algo, acaso yo te dije que no podías tocar la guitarra? Si de hecho la tocás todos los días y jamás te hice un planteo. ¿Cuándo, si no estoy en todo el día? Yo ya sé cómo viene la mano, nomás me estoy cubriendo. ¿Y cómo viene la mano, a ver? Contanos a todos, exige Aldana, la hija de Evelyn. Que después me tocan el timbre, dice Ernesto a quien el cogote se le va enrojeciendo. Vos traés un tema que no existe, querés particularizar cuando hay otros puntos importantes que tratar, eleva la voz Evelyn. No grite, señora, pide el dueño del 14, estábamos debatiendo los horarios para ruidos molestos, usted llegó tarde y hubo que volver a explicar todo. Disculpe, pero esta reunión es para los que vivimos aquí, dice Evelyn con una sonrisa torcida. Yo también tengo derecho a opinar, usted recién aparece y no aporta nada positivo, dice el dueño del 14. Ah, y usted sí, ¿usted con sus inquilinos sí? ¿Qué pasa con mis inquilinos? Que tuvimos que llamar a la policía porque se querían acuchillar, y el otro, el anterior, con el perro que se cagaba todo (¿se querían acuchillar?, cuchicheo yo). Me voy, dice Marta, me duele la cabeza, hablan todos juntos. Usted tiene problemas con todo el mundo, ya se ve, está diciendo el dueño del 14. ¡Yo hace venticinco años que vivo en este edificio, señor! ¿Y eso le da derecho a maltratar a la gente? Vamos, Aldana, ruge Evelyn, abandonemos esta reunión, yo no tengo nada que debatir acá. Y renuncio, redactá que renuncio, le dicta a Valeria en tono dramático. Esa mujer, cuenta Ernesto cuando Evelyn se ha ido, me golpeó la pared porque yo estaba hablando con mi señora, fue la gota que rebalsó el vaso (rebasó, corrijo mentalmente). Los budistas dicen que uno atrae aquello que lo hace evolucionar, le digo a Ernesto. ¿Que lo hace qué?, se inclina Ernesto. Evolucionar. Me mira sin entender. Por ahí te enseña a defenderte. No, si yo me defiendo muy bien. Es tu maestra, insisto. ¡Mi maestra! Ernesto rechaza la idea con un gesto de horror. Bueno, dice Mirta, una vecina que tuve pretendía que yo no apretase el botón del baño, pará. Por eso, ¿qué son ruidos molestos? Rosa quiere saber si se escucha mucho su bastón cuando va y viene por el pasillo. Antonio propone formar grupos de trabajo y empezar a arreglar el edificio por nuestra cuenta, un sábado rasquetear una pared, otro pintar el pasillo. ¿Por qué esperar todo de la administración? Si mi marido viviese habría llamado al Jardín Zoológico para que poden el árbol de la vereda, dice Rosa. Botánico, la corrige Juan al lado suyo. Al Jardín Zoológico habría llamado, repite Rosa. Y después me pide perdón cuando abandono la reunión, tal vez ha metido la pata en algo, ella antes hasta subía a limpiar la terraza con sus propias manos.