miércoles, 29 de octubre de 2014

El don

Silvia me muestra su última obra en resina. Quedo maravillada, qué plasticidad. Su bruja tiene joroba, pelo blanco, ojos celestes y una sonrisa dulce que deja entrever un solo diente. Silvia le levanta el vestido para que yo pueda apreciar las piernas chuecas. Las expresivas manos (de cuatro dedos) terminan en largas uñas pintadas de negro. Los brazos están envueltos en jirones de tela negra. Lleva bastón, una rama curva. "Tiene cara de buena". "En realidad -contesta Silvia- yo hubiese preferido hacerle un ojo medio saltón, con venas rojas, y una rata al hombro". "No -interviene Mónica- si la hacés así, no la vendés".

Tenés un don, le digo a Silvia. Y vaya si lo tiene, cada uno de sus gnomos tiene una cara diferente. Ha hecho gnomos negros (¿por qué no?), gnomos bebés (con restos de cordón umbilical), gnomos con mascota propia. Silvia es una artesana de aquellas, conoce mil técnicas y todas las hace bien. Hasta ahora le conocí botas tejidas (divinas, con tiras de cuero alrededor), collares de hilo encerado, vinchas para la playa, pulseras con piedras naturales. Pero fue recién cuando dio vida a sus criaturas, cuando desarrolló su don, que empezó a vender bien.

Es de noche, tarde. Estoy entrando en un sueño profundo del que me despabila la voz del Hombre: pretende que escuche una canción. Sin esperar respuesta, la pone a buen volumen (qué puedo decirle, es una forma como cualquier otra de romanticismo). Cuando finaliza, ingresa otra vez al dormitorio. "¿Te gustó?", pregunta con suavidad, sabedor de que detesto ser despertada. "Sí, la conocía". "Bellísima", afirma convencido.

Es un don -comento más tarde- componer así, tan redondito. Y le cuento de Silvia y su bruja. "Yo también tengo mi don, éste de combinar formas y colores. ¿Te acordás que hace muchos años me preguntaste qué quería hacer de mi vida y te contesté 'no sé'? De veras no sabía, es un dolor muy grande no saber". Todos tenemos un don, concluyo.

https://www.youtube.com/watch?v=dGTI6Fd-q_A


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