
El placard
El placard va casi de pared a pared y de piso a techo. Comprado, allá lejos y hace tiempo, con la peregrina idea de poner orden en mi vida. Me llevó seis sueldos. Hoy tiene un golpe al costado, una fea astilla provocada por no se sabe quién, ni bajo qué circunstancias. Debo venderlo por cuestiones de espacio. Hoy, más que un Señor Placard, es un Elefante Blanco.
La ropa en el placard
Bella, preciosa, de marca. La mayoría en talles 44 y 46. ¡Talle 44! ¿Quién es esta muchacha? Remeras de Try Me, un pantalón blanco de Tommy Hilfiger, cardigans de Barocco, una camisa Levi's, un deportivo de Nike sedoso al tacto, un vestido rojo profundo de Benetton, un pantalón pata de elefante de Adriana Costantini, un jean de Cardón, lencería de Caro Cuore. Mucho chaleco, mucha puntilla, polleras de gasa floreada, ropa canchera y encantadora.
Talles 46 y 44, sostengo las prendas contra mi cuerpo y no entiendo cómo pudieron entrarme alguna vez.
Las cosas en el placard
Cremas y más cremas, tratamientos antiarrugas, exfoliantes para la ducha, shampoo de primeras marcas, perfumes, esmaltes de uñas y hasta un autobronceante que prometía un tono hermoso en sólo cinco días. Lo miro con extrañeza, no recuerdo haberlo comprado. Todo está vencido, todo va a parar a una bolsa de consorcio. En una de nylon encuentro cantidad de hebillas para el pelo. Hago girar, con algo de esfuerzo, la tapa de una caja de madera: bijou y más bijou. Collares de cerámica, anillos y aros de plata, un reloj Swatch con la malla quebrada.
Sentada en la que fuera mi cama, recupero los botones de nácar de dos saquitos. Inspecciono las perchas forradas en tela -con un hermoso estampado de rosas- muchas están grises o descosidas. Hay prendas excelentes con el cuello amarillento, no recuerdo haber guardado nada sucio... ¿entonces? Separo la ropa en bolsas: para tirar, para vender, para regalar, para conservar.
Otro cuerpo, otros sueños.
Siento escozor en los ojos, en medio de tanto gesto de eficiencia me permito condolerme: mi viejo arcón está cubierto de polvillo de obra. "¿No le gustaría ser capaz de renunciar a todas sus pertenencias?" Sí, Nano.